Lo que vi entre Escila y Caribdis: la bienvenida.
Recuerdo cuando descubrí una oscuridad, el monstruo devorador, el sutil remolino que ansía siempre más. He convivido con ella desde que tengo uso de razón. En esa oscuridad, todos tenemos una jaula repleta de los demonios que hemos ido cazando, los pequeños traumas, el rechazo sin sentido, la terrible frustración. Resultó que, además, algunos tenemos un don algo retorcido: los alimentamos, los abrazamos y hacemos nuestros, crecen enormes y fuertes, se alzan vencedores en nuestras entrañas. A veces desearía que fueran más, más, y más valientes. Un espíritu único e inmortal, arrollador. La jaula desatada, lo que permitiera que en vez de tres pastillas, fuesen siete. Lo que permitiera que en vez de un transeúnte, me sintiera un avión que pretende echarse al vuelo desde el décimo piso.
Qué peligroso es jugar con esa jaula. He paseado delante de ella, e incluso en la propia oscuridad, he vislumbrado los ojos ávidos de deseo, hambrientos ante mi olor. La he alimentado para tenerla de mi parte, nadie muerde la mano que le da de comer. Oh, no había ni un monstruo que no pudiese ser amado por mí. El pájaro azul, sí, a veces es un pájaro hermoso. Así lo han llamado, al menos, pero yo siempre fui un poco del paint it black.
Sin embargo, se agitan y convulsionan en su estrecha prisión: crecen y quieren más. No puedo, a no ser que destroce otras partes de la habitación, darles más espacio. Bueno, ese jarrón hace mucho que no me aportaba una sonrisa, estará bien en otro lugar. Así fui dándome cuenta de que jugar con fuego no daba nunca más luz, a pesar de que a mí, como mosquito hacia la lámpara, se me hacía contradictorio. No sé de qué estoy hablando, pero ellos me miran sin cesar.
A veces no les vale con crecer y observar; les he visto privarme de aire. Pensé que yo les respiraba y en verdad ellos me respiran a mí. Se introducen en el pecho como astillas, buscando la llave que les lleve a donde ellos quieren -qué sabremos de lo que ellos quieren- e inundar sin agua, inundar sin llanto.
Yo proporcioné esa oscuridad a través de los mares, los atraje hacia mí y ahora navegan a mi lado. Algunos tienen nombres propios, pero no puedo pronunciarlos. Se hacen fuertes, se hacen débiles, y yo no sé si estoy buscando un lugar donde abandonarlos o la forma de dejarlos ser ellos mismos. Supongo que es difícil no enamorarse de tus propias bestias. Al menos es mío, al menos son míos, al menos soy yo.
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